Aterrizaje secreto de un aviador civil en las Islas Malvinas

Enviado por Esteban Falcionelli en Mar, 09/09/2014 - 12:46pm
Portada de Crónica

Se conmemoraron 30 años del intento de recuperación militar de nuestras Islas Malvinas. En esta nota homenajeamos a aquellos que han puesto su valor al servicio de la patria y a los que han ofrendado su vida por ese pedacito de suelo argentino.

El 8 de septiembre de 1964, un aviador civil, a escondidas, en un pequeño Cessna, voló a Malvinas, plantó la bandera nacional, dejó una proclama y volvió. Las autoridades militares argentinas lo sancionaron, pero la alegría de todo le pueblo al conocerse la noticia hizo que no le quitaran la licencia de aviador y sólo fuera apercibido por no haber cumplido con los reglamentos. Luego el presidente Arturo Illia lo dejaría sin efecto.

Es que la hazaña fue un hito histórico que se dio justo el día en que en las Naciones Unidas se llevaría a cabo una sesión especial sobre descolonización de territorios en América, en la que se discutiría, ese 8 de septiembre, la situación de las Islas Malvinas. Luego de la hazaña, en la ONU también repercutió el hecho. Los diplomáticos se habrían molestado, según se supo luego, pero una reunión que seguramente hubiera pasado inadvertida para los argentinos, despertó un interés inesperado.

Todo comenzó hacen 48 años, allá por 1964, cuando el tema Malvinas estaba en la agenda de la ONU. No por iniciativa del gobierno argentino, sino por decisión de la Asamblea. En una sesión especial se iba a tratar el tema de las colonias en América. Y en los hangares del país, en las charlas entre pilotos, aparecía y reaparecía un sueño: volar a las islas, plantar bandera, demostrar soberanía. Pero ¿quién se animaría a tan riesgosa hazaña?

Miguel Fitzgerald era un piloto civil que había arrancado con su pasión de volar allá por los 16 años. En esos días cumpliría 38, pero el pensaba en la importancia y en la oportunidad de hacer el vuelo soñado por tantos aviadores argentinos. Pero también sabía que se arriesgaba a una sanción grave que le podría impedir continuar volando. La Fuerza Aérea no se lo perdonaría. Por eso eligió la fecha en que hacía esa sesión en la ONU.

–Yo traté, y lo logré, de que mi vuelo a las Malvinas coincidiera con esa reunión, y de asegurar la difusión del hecho como una noticia que ocupara una porción importante de los medios de comunicación- cuenta en un reportaje del periodista Luis Franco de Aeromarket.

Buscó la cobertura del diario La Razón y de Crónica. El primero no lo dio importancia, mientras que Crónica -de reciente aparición- vio rápidamente que sería una gran información. Le ofreció dinero, combustible y hasta un avión con piloto, pero Fitzgerald dijo que no, que ya tenía todo listo, le habían prestado un pequeño avión Cessna 185  y por lo tanto, si querían la primicia la tendrían, pero el vuelo era de él.

Miguel se cubriría -con los informes periodísticos que le garantizarían el apoyo popular- de una segura como severa sanción aeronáutica, por volar sin permiso a las Islas Malvinas. Una proeza que nadie había hecho antes en esas condiciones.

El avión se lo prestó Siro Comi (representante de Cessna en Argentina) quien ya había intentado el vuelo hacía un tiempo, pero sin tener éxito.

Los pilotos colegas de Fitzgerald y los técnicos de Siro Comi en Monte Grande, Provincia de Buenos Aires, colaboraron en la preparación del vuelo junto a otros pocos entusiastas que sabían del propósito, pues se debía guardar el mayor secreto.

Cuenta Luis Franco en Aeromarket que “Cuando decimos que la operación tuvo “inteligencia”, lo hacemos en el más amplio sentido del vocablo. Fitzgerald no sólo aplicó sus conocimientos como piloto, sino que también recopiló la información que la operación requería, con cierta habilidad táctica. Contaba en el terreno con una ayuda muy interesante. En Río Gallegos estaba Ignacio Fernández, quien era comandante de Austral y gerente.
–Yo le había confiado mi propósito para que en Río Gallegos recabara toda la información técnica para el vuelo –nos dice Fitzgerald–. Él se encargaría de ir a meteorología para traerme el más reciente relevamiento de la zona que volaría, de modo tal que yo no apareciera por ningún lado. También, había hecho participar al operador de la radio del aeropuerto de Río Gallegos, que era a su vez despachante de Austral, así que era de cierta confianza. Con él coordinamos una secuencia de contactos por radio; yo llamaría en la hora y a las y veinte dando la posición, siempre sin hacer “plan de vuelo”. Ignacio era amigo de un oficial de la Fuerza Aérea que era la máxima autoridad en Río Gallegos quien, sin saberlo entonces, colaboró llevando a Fernández de aquí para allá por la zona. Luego tuve que encontrarme con Ignacio Fernández, y surgió el inconveniente de que no podía sacarme de encima a este señor, pero hasta ahí todo era explicable, ya que para todos los demás yo me dirigía a una estancia en Monte Dinero, Ushuaia, esa era mi cobertura.

Apasionante es el relato de Miguel Fitzgerald respecto no solo el vuelo en si mismo sino sobre todas las peripecias que hubo de pasar para poder lograr su cometido. Había que mantener el secreto para que resultara un éxito.

“Fitzgerald partió con Fernández para el pueblo, los alcanzó el militar quien también se ofreció para llevarlos al aeródromo al día siguiente, para que el piloto, amigo de su amigo, continuara el vuelo a Ushuaia; según él estaba informado, era su destino. La ayuda se aceptó, pero nadie calculó que su constante cortesía sería un obstáculo”, cuenta Franco en Aeromarket.

Miguel había preparado una bandera argentina, con un asta que hizo con un palo que encontró en el aeródromo. La bandera era suya, la misma con que engalanaba el frente de su casa en cada fecha patria.

Fitzgerald debía partir, pero el gentil militar, deseoso de colaborar con él, no se iba y Miguel debía guardar la bandera.

–El tipo no se iba –dice Fitzgerald– yo tenía que tomar la bandera y despegar, no sabía cómo hacerlo sin que surgieran preguntas. Ignacio Fernández, llevando al límite la confianza que tenía en su amigo militar, lo abordó y, casi jugando la misión, le dijo: “Che, Miguel se quiere ir a Las Malvinas”. Momento crucial, segundos que parecieron horas y una sonrisa en su cara. Lo miró y le dijo: “Me alegro que lo tome así…”. A lo que contestó: “Por favor, si usted se la va a jugar, cómo no nos vamos a jugar nosotros”. Así que voy, saco la bandera, pongo el avión en marcha y despego. A las 09:00 del día 8 de septiembre, día de la sesión de descolonización en las Naciones Unidas, y mi cumpleaños, la fase crucial de la operación había comenzado.

Miguel Fitzgerald amaba los aviones y sería justamente un pájaro de acero quien lo llevaría cumplir el sueño argentino de volar y aterrizar en Malvinas. Quizás ese sueño había nacido muchos antes.

-Ser piloto civil es una vocación. Ya a los seis años tenía esa chifladura, sintetiza en una nota con Sandra Russo. A los 16 volé planeadores y a los 20 aviones con motor. Trabajé en Aerolíneas, hice fotografía aérea, taxi aéreo, remolque de carteles. Menos fumigación y contrabando, hice de todo...

Como todas las cosas de la vida, el momento ha llegado. Hay que partir. Y lo hace desde Río Gallegos, rumbo a esas Islas misteriosas, a esas hermanitas menores, que parecieran esperar en  medio del Atlántico Sur, su reinserción a esta patria a la que pertenecen y de la que fueran separadas en 1833.
Hacía 131 había sido expulsado don Luis Vernet gobernador argentino de las Islas, hoy otro argentino en el Cessna 185 LV HUA, llamado precisamente Luis Vernet, volvería a plantar la bandera nacional.

 "Yo salgo de Gallegos, vuelo mar adentro, a las tres horas y quince minutos veo el archipiélago, cuenta Fitzgerald. Desde arriba se ve un rectángulo como de cien islas e islotes. Voy diciendo ‘operación normal’, y en Gallegos hay gente que entiende lo que digo. Cuando sobrevuelo el archipiélago, una capa muy densa de nubes me impide ver. No puedo zambullirme entre las nubes, porque en alguna parte de ese rectángulo hay un cerro de seiscientos metros de altura. Espero un claro. Lo veo. Y me lanzó hacia debajo de la capa de nubes, identifico Puerto Stanley, busco la pista de cuadreras, y aterrizo. freno el avión, pero no detengo el motor, me bajo con la bandera, la desenrollo y la sujeto al alambrado donde queda flameando como si respirase orgullosa el aire de su tierra. Viene un hombre de los que se habían juntado a ver el aterrizaje, se aproximó al avión, le abrí la puerta; me pregunta: “Where do you come from?” (¿De dónde viene?)” “De Río Gallegos”, contesto. Me ofrece combustible. Tal vez se imaginaba que yo me había desviado. Le agradecí, le dije que no necesitaba nada, pero le pedí un favor: que le entregara al gobernador una proclama que había llevado conmigo. Quizá hoy –reflexiona Fitzgerald– después de tantas cosas ocurridas, el texto no tenga demasiado trascendencia, pero en aquel momento…

El texto decíaYo, Miguel Fitzgerald, con todo el derecho que me da ser ciudadano argentino, les exijo que se retiren de las Islas Malvinas.

Luego me enteré de que bandera y proclama estarían o estuvieron en el pequeño museo del pueblo.

Cumplido su cometido, con el alma henchida de orgullo, seguramente con lágrimas en los ojos, Miguel Fitzgerald, después de haber estado tan solo 15 minutos, despegó de regreso al continente.  En el aire, y previendo un vuelo más duradero por el viento de frente, avisa a Rió Gallegos que salió de Malvinas y le indican que no vaya al Aeroclub sino al Aeropuerto. Miguel preguntó si lo arrestarían, pero lo tranquilizaron diciéndole que no.

El diario Crónica esperaba el regreso. Cuando llegó a Río Gallegos, Héctor Ricardo García, el director de Crónica, empezó a jugar su papel. Crónica tenía la primicia. El título en letra catástrofe fue: "Malvinas: hoy fueron ocupadas".

En la ONU hubo caras circunspectas, la Fuerza Aérea le inició un sumario, pero el pueblo argentino lo convirtió en héroe.

Regresa a Buenos Aires y a pedido aterriza en Azul, allí un grupo de señoras del comité radical lo esperan con un ramo de flores. El, fiel a su idea de no politizar el vuelo, les responde:

–Esto no es política de partido, señoras, seré un aventurero o un patriota, como ustedes quieran, pero mi idea era poner la bandera de mi país en nuestras islas, y esa es la única bandera que reconozco.

Mucho ocurrió desde entonces, Miguel Fitzgerald piloteando un bimotor de Crónica volvió a las Islas Malvinas años después, pero fue arrestado por las autoridades inglesas y devuelto al continente. Y la guerra.

Poco antes de su muerte Fitzgerald decía que habían pasado más de 40 años de aquella hazaña, pero que hasta entonces no había resuelto nada.

Miguel Lawler Fitzgerald -descendiente de irlandeses- había nacido el 8 de septiembre de 1926 en Lavalle al 400 de la Capital Federal, se crió en Guaminí y a los 9 años volvió a la Capital Federal donde entró de pupilo en el Colegio San Cirano. A los 16 aprendió a volar planadores y a los 20 aviones con motor. Su instructor fue el argentino acróbata y record mundial Santiago Germanó. Luego trabajó en diversas actividades como piloto. Se casó con Palmira Rodríguez y tuvieron 4 hijos: Gustavo, Diego, Carlos y Christian y 9 nietos: Lucía, Elizabeth, Kevin, Nicolás, Molly, Inés, Cristóbal, Moira y Miguel. Murió, a los 84 años, el 25 de Noviembre de 2010. La historia lo recordará como un héroe. El primer piloto argentino, y además civil, que aterrizara en Malvinas.

CatamarcaPress